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MENSAJES DEL CIELO

¡LA FE TAMBIÉN SE HEREDA!

INTRODUCCIÓN

El domingo 19 de Setiembre falleció mi mamá, doña Vicenta Santamaría.  Ella ya no está con nosotros pero está en el cielo y  yo quiero compartirte lo que para mí ha sido una experiencia maravillosa como lo es la muerte de una mujer que fue parte de una historia extraordinaria, y no es porque sea la historia de mi familia, sino porque fue algo trascendente en el mundo espiritual.

Los cinco hermanos varones hemos despedido a nuestra mamá y diez años antes a nuestro papá. Descubrimos que hemos quedado un tanto solos y no sé cómo describir la sensación que tengo porque, ¿qué tan acompañado estaba yo por una mamá de noventa y tres años que vivía lejos? No era que me sentía acompañado por su presencia pero ella era nuestra cobertura espiritual. Los cinco hermanos damos testimonio de que nuestra madre oraba cada día por cada uno de nosotros hasta el día de su partida. En los últimos tiempos, cuando hablaba por teléfono con ella, me decía: “¡Jorge te amo tanto! Me has honrado y soy una madre bendecida. Cuánta gente me besa y me abraza por el sólo hecho de ser tu madre”. Ella estaba admirada de cómo la querían por el hecho de ser mi mamá.

                LA FE EN DIOS TIENE VIDA

Decía pues, que los cinco hermanos sentimos que hemos quedado solos; mi mamá era la última descendiente de mi abuelo que emigró de Sicilia. Su velorio tuvo lugar en el templo de Misión Vida para las Naciones en la ciudad de San Juan, Argentina. Ella asistía a la iglesia pero mientras iba envejeciendo le costaba cada vez andar, sin embargo, se instaló el templo a menos de cien metros de su casa y tenía que caminar sólo una cuadra. Pero llegó el momento en que le costaba movilizarse, entonces se quedaba en casa y escuchaba el culto por radio o lo veía por televisión.

Somos parte de una historia maravillosa que comparo un poco con la historia de Abraham y las promesas que Dios le dio. Nosotros somos descendientes de Abraham por causa de la fe que tenemos, la cual es, la misma fe que habitó en él, por eso la Biblia hace mención de los hijos de Abraham diciendo que son aquellos que tienen la misma fe que él tuvo en Dios. Y la fe en Dios es una fe viva o sea que tiene vida. El apóstol Pablo le habló a su hijo espiritual Timoteo diciéndole: “…trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también” (1ª Timoteo 1:5). La fe es algo vivo que habita en distintas generaciones, ésta pasa de los padres hacia los hijos y a los hijos de los hijos. Mientras mi mamá vivía, participamos de cosas que eran parte de su fe, lo que permanecerá por siempre en nuestros corazones. Recuerdo cuando pasaba la plancha en nuestras camas para que no pasáramos frio en invierno y éramos cinco, por lo tanto lo hacía en cinco camas. Pero también hemos vivido cosas más profundas a esta, como las experiencias que ellos, nuestros padres, vivieron.

Ahora que somos grandes, tomamos consciencia que en mi casa no abundaba el dinero, pero nunca lo notamos. Cuando le pedía algo a mi mamá y ella no me lo quería comprar, me decía que no tenía plata pero no me importaba porque yo no entendía que no tenía dinero y cuando fui grande entendí por qué ella me decía eso. No es que mis padres no han vivido experiencias complicadas porque nos pasaba como a toda familia que tienen problemas matrimoniales, familiares, de trabajo, de dinero, etc. Pero superamos cada adversidad y salimos triunfantes; pasamos por cada circunstancia con alegría porque la fe que habitaba en mi mamá era la fe que habitó en mi abuelo y no se trata de cuán grandes eran las circunstancias sino de cuán poderosa es la fe que nosotros profesamos y no es la fe en las ratas o las vacas como sucede en India. Hay quienes dicen que no importa en qué se crea pero hay que creer en algo. Yo digo que eso es una necedad, no es lo mismo creer en un Dios vivo que creó los cielos y la tierra, que creer en una piedra. No es lo mismo creer en un Cristo que murió en la cruz del calvario para expresar su amor y su poder sobre la vida y la muerte; no es lo mismo creer en ese Salvador que creer en una vaca. Y no se trata sólo de creer en Dios sino también creerle a Él.

                FE: LA HERENCIA QUE RECIBÍ DE MI MADRE

Quiero hablarte de la herencia que he recibido de mi madre, porque ella ha muerto pero yo me he quedado con su legado. Si bien, los cinco hijos recibimos como herencia una casa y ese es todo el bien material que quedó, para nosotros eso no es lo que importa porque a los cinco nos ha conmovido hasta los tuétanos la herencia espiritual que recibimos de nuestros padres. Por eso el velorio de mi mamá no fue triste ni desgarrador sino más bien una fiesta, y ante su cajón cantamos himnos a Dios, los mismos que ella cantaba. ¡Bendito sea Jesús! También estaban mis primos, los hijos de los hermanos de mi mamá que habían fallecido antes que ella, todos honrando al Dios de nuestros padres; al Dios del abuelo que nos entregó en herencia una fe poderosa e inconmovible. No se trata de qué problemas atravieses sino qué clase de fe tienes. La Biblia declara que Jesús es el autor y el consumador de la fe. ¿Por qué consumador? Porque la fe es fe con obras y el que consumó los hechos de la fe fue Jesús.

Nosotros vimos a nuestros padres atravesar la vida con fe y lo que me conmovió en los últimos días de vida de mi madre, cosa que yo no vi pero me lo contaron mis hermanos, era lo feliz que se veía porque ella estaba convencida de que había llegado su hora y les decía a quienes la visitaban: “Me voy a mi patria celestial”. Ahí estaba, moribunda en una cama, conectada a tubos de respiración y otro que la alimentaba, sin poder moverse pero feliz, diciéndonos: “¡No se hagan problema por mi!” Y a cada uno que la visitaba, le decía: “Te quiero mucho, te bendigo en el nombre de Jesús”. Todos decían que se moría, y en una oportunidad, cuando un enfermero la fue a ver, ella le preguntó si creía en Dios y él le dijo que sí creía, pero ella insistió: “¿Pero crees en la palabra de Dios? Porque para creer en Dios hay que creerle a Él también”. No está bien decir que hay que creer en algo, hay que creer en Dios y no sólo hay que creer en Él sino que también hay que creerle a Él. Mi mamá entraba y salía de un estado comatoso que no llegaba a ser un coma profundo y cuando se recuperaba, decía: “¡Estuve en el cielo! Habían unas flores blancas hermosas, yo ahora me voy para allá”. Uno de mis hermanos que es médico trataba de medicarla para extenderle un poco más la vida pero en realidad para ella, vivir acá era una molestia y ya quería irse al cielo. Yo soy heredero de un legado extraordinario y quiero dejarte a ti mi herencia donde quiera que estés. La herencia que he recibido vale mucho más que cualquier legado material. ¡Es una herencia riquísima! La Biblia dice que nuestra fe es más preciosa que el oro y que el oro fino y que Dios prueba nuestra fe para purificarla.

El velorio de mi mamá fue una mezcla de lágrimas y sonrisas, cantando himnos a Dios. No eran lágrimas de tristeza sino de gozo al pensar que ya no teníamos más a nuestra madre pero sí, aquello que le había dado a ella muchas victorias en la vida, que fue su fe en Dios. Así como Dios le dijo a Abraham que sería padre de multitudes, yo, con la misma fe que Abraham también soy padre de multitudes. Hay una herencia que tiene que ver con el ADN de sangre y carne pero hay otra herencia espiritual, por lo tanto hay hijos de sangre y carne pero también hay hijos espirituales que llevan el ADN de la fe de quién los parió en Cristo Jesús. Y bendigo al Señor que me permitió ver que la fe de mi abuelo se ha multiplicado grandemente. Yo viajo por muchos lados y en cada lugar hay gente que se me acerca y me dice que se han convertido por escuchar mis prédicas. La fe se hereda de padres a hijos; de la misma manera que se trasmite la fe de un padre biológico a su hijo también se puede trasmitir la fe de un padre espiritual a hijos espirituales.

El apóstol Pablo dijo que los que tenemos la fe de Abraham, los que somos de Cristo, somos descendientes de Abraham. ¿Qué cosas heredé de mis padres? Hay cosas que se metieron en la médula de mis huesos y están arraigadas tan profundas que no me podré librar de ello nunca, como cuando veía a mi mamá arrodillada, orando por cada uno de sus hijos. ¡Eso es una escena imborrable! He grabado un programa de televisión con un hombre que estuvo preso en más de treinta reclusorios y se fugó tres veces, una en Uruguay y dos en Argentina. Un hombre que asesinó gente entre otros tantos desastres que ha hecho; él se hizo de fama por ser violento cuando estaba en prisión pero el evangelio llegó a su vida y aunque le habían dado cadena perpetua, Dios se encargó de liberarlo y hoy es pastor. Él visita las cárceles y está edificando templos allí adentro. ¡Recibió la herencia de Abraham! El apóstol Pablo declara en Romanos 1:16: “Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree”. Y este hombre me dice: “Lo único que recuerdo es que mi mamá nunca dejó de orar por mi”. ¡No pudo vencer la fe de una madre! ¡No pudo contra la oración de ella! Yo tuve una mamá que toda la vida oró por mí. Cuando éramos sólo tres hermanos, antes que nacieran los dos últimos, mi papá tenía una moto a pedal y nos llevaba en ella a la iglesia. Sobre el tanque de nafta iba yo que era el más grande y enfrentaba el frio y la llovizna en invierno; detrás mío iba mi otro hermano, mi papá manejaba y detrás de él mi mamá con mi otro hermano. Todos abrigados yendo a la iglesia porque nunca faltábamos a ningún culto, al de la mañana y al de la tarde, en la moto Puma, con frio o calor. ¡Eso nos ha marcado mucho! Para mí, el día del Señor es el día del Señor y su día es el domingo. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía!…Allí envía Jehová bendición, y vida eterna” (Salmos 133). ¡Hay gente que llora por bendición pero no asiste a la iglesia!

¡No era fácil criar a cinco hijos varones! Nosotros nos robábamos los calzoncillos, las medias, nos peleábamos y nos arrebatábamos la comida. Recuerdo un domingo en especial, al medio día, antes de almorzar dimos gracias a Dios por los alimentos, como siempre; mientras mi papá oraba, yo aproveché para robarle un ñoqui a mi hermano más chico y él me clavó el tenedor en la mano. Pero nunca dejábamos de dar gracias a Dios por la comida y por comer juntos, a pesar de nuestras andanzas. Mi mamá, descendiente de italianos, cada domingo hacía pasta, eso era algo sagrado, y preparaba la salsa el sábado de noche porque el domingo de mañana nos íbamos al culto. Nunca la comida fue un estorbo que nos impedía ir el día del Señor a la iglesia y yo tengo esa herencia, y he sido llamado por Dios para dejarte esa herencia a ti.

Tendemos a ver las cosas distinto a como Dios las ve, nuestra perspectiva es muy diferente a la de Dios. Dice la palabra de Dios en el Salmo 116:15: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos”. Dios estaba contento, preparando una fiesta para recibir a mi mamá y yo no podía darme el lujo de ponerme a llorar su muerte, porque aunque ella se fue, su fe quedó conmigo. Otra de las cosas que marcó mi vida era que mi madre usaba mucho la palabra de Dios, ella siempre tenía un versículo bíblico en su boca y una de las frases que me ha quedo muy grabada y he recordado en momentos de crisis fue: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmos 46:1). Entonces, cuando vienen los problemas declaro lo mismo que declaraba mi mamá. “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida, y se traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su braveza” (Salmos 46:1-3). No tengo más que palabras de gratitud a Dios, al ver que mi madre llega al final de sus días tan feliz de haber sido creyente y de que Dios haya contestado sus oraciones cuando pedía que sus hijos fueran creyentes consagrados, que lo amaran a Él por sobre todas las cosas. ¡Ella trasmitió su alegría hasta el último momento de su vida!

Otra cosa que recuerdo de mi mamá es que ella cantaba mientras hacía las tareas de la casa. Canciones como: “Cristo está conmigo, ¡qué consolación! Su presencia aleja todo mi temor. Tengo la promesa de mi Salvador: No te dejaré nunca, siempre contigo estoy. No tengo temor, no tengo temor. Jesús me ha prometido: Siempre contigo estoy”. Una imagen que recuerdo de cuando tenía unos cinco años, era verla cantar mientras lavaba la ropa, y yo andaba en un triciclo: “En el seno de mi alma hay una dulce quietud, se difunde embargando mi ser, una calma infinita que sólo podrán los amados de Dios comprender. Paz, paz, cuán dulce paz, es aquella que el Padre me da. Yo le ruego que inunde por siempre mi ser en sus ondas de amor celestial”. Este es uno de los himnos que cantamos en el velorio de mi mamá.

                LA FE SE HEREDA

La fe se hereda. La fe viene por el oír, y el oír de la palabra de Dios. Muchos están descuidados, ciegos, no ven y no entienden; no conocen las señales de los tiempos. Uno de los fenómenos que se pudo apreciar en el mundo fue la luna de sangre y dice la palabra de Dios en las profecías de Joel: “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días. Y daré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, y fuego, y columnas de humo. El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová. Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo; porque en el monte de Sion y en Jerusalén habrá salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado” (Joel 2:28-32). Los fenómenos del cielo son las señales de Dios. El Señor no tiene el calendario gregoriano, sino señales. Fue en una luna de sangre que surgió el estado de Israel en el año 1948; también varios eventos relacionados con el pueblo de Israel, como la guerra de los seis días en la que conquistó Jerusalén, y otros, ocurrieron durante una luna de sangre. Siempre han acontecido eventos importantes en las lunas de sangre, y además, cada eclipse ocurre en una fiesta ordenada por Dios a su pueblo Israel; se trata de un fenómeno en el que la tierra se interpone entre el sol y la luna, ésta es reflejada por los rayos del sol que chocan contra la atmosfera terrestre y el resultado es una luna rojiza.

Algunos viven como si el calendario de Dios no estuviera funcionando, pero sí está funcionando, y la última luna de sangre que hemos presenciado coincide con la celebración del año nuevo judío y con el día del perdón, otra celebración del pueblo de Israel; y siempre se espera que acontezcan cosas importantes relativas al calendario de Dios. La lucha más importante que hay en Medio Oriente tiene que ver con un hecho trascendente que menciona la Biblia, cuando dice que Jesús vendrá a reinar desde Jerusalén, pero antes vendrá un usurpador, a pretender reinar también desde Jerusalén, más conocido como el anticristo. El jefe de las fuerzas armadas de Irán declaró que está deseoso de iniciar una guerra contra Israel para borrarlo de la faz de la tierra. Los árabes palestinos de Hamas tienen en sus mentes y corazón hacer desaparecer a Israel del mapa. Israel no existió durante dos mil años pero no podría venir Cristo si este pueblo no existiese porque Él viene a Jerusalén. Coincidiendo con la última luna de sangre de este año, en la ONU, el presidente de la autoridad palestina Mahmud Abbas izó la bandera del estado palestino y según algunos informes, renunciará a un pacto conocido como el Pacto de Oslo, que tiene con Israel, declarando que éste no cumple con lo acordado en el pacto, por lo tanto ellos no están obligados a cumplir con su parte. También se anuncia en estos días que cancilleres de Francia, de Rusia y países árabes han estado estudiando la forma de dividir la tierra de Israel y así entregarle una parte a Palestina. Y oh casualidad, para esta charla no han invitado a participar a  Israel. ¡La cosa está que arde!

Dice en Isaías que hay gente que no entiende que cuando Dios se lleva a un justo, lo hace para librarlo de sus dolores y yo digo que el Señor libró a mi mamá de ver y presenciar cosas muy duras que acontecerán en el mundo. Los economistas no se ponen de acuerdo para arreglar la economía del mundo, así pasa con Argentina, China, Uruguay, etc. ¿En quién vamos a creer? Me da gracia cuando los uruguayos declaran: “Yo creo en el hombre”. ¿En cuál de todos creen? Yo no les creo a los políticos porque un día te dicen una cosa y así como te dicen una cosa te dicen otra y no me refiero a José “Pepe” Mujica solamente porque todos han adoptado esta teología o visión de la política de conveniencia. Opinan conforme a cómo están las encuestas y no hay verdad ni firmeza en ellos; no hay ideología política que pueda sacar al mundo de este embrollo que enfrentamos y no sabemos qué hacer con nuestras ideas y pensamientos.

Ha habido una manifestación en apoyo a la diversidad porque no sé en qué lugar, algunos gay quisieron entrar en los baños de las damas y los que estaban cuidando el lugar no los dejaron, entonces se armó un batifondo tremendo. Personas del sexo masculino que dicen ser mujeres quieren hacer uso de los baños públicos de damas, lo que provocó una gran confusión. Las autoridades salieron a pedirles disculpas a las señoras que tienen miembro masculino y le aseguran que los van a dejar entrar. Vivimos en un mundo en el que no se sabe bien cuál es la función del matrimonio o cuál es el rol de la familia. ¿En quién vamos a creer? ¿A quién iremos? Dios es inmutable y su verdad es inmutable. ¡Él no cambia conforme a la conveniencia! Para el Señor lo blanco es blanco y lo negro es negro, y lo que está bien, está bien siempre y lo malo será malo siempre.

Bendigo a Dios porque en este mundo de confusión yo he heredado una fe viva. La fe en la palabra inamovible, insustituible, infalible y poderosa de Dios. Si quieres caminar seguro o segura en la vida debes tener fe en la palabra de Dios. Mi papá murió creyendo y agradeciéndole a Dios, él ya no quería vivir más en el mundo porque ya había acabado su obra. Recuerdo los últimos viajes que hice para ver a mi papá, a él, con más de noventa años le preocupaba que había una pérdida o una humedad, pero en el último tiempo ya no estaba con ganas de nada, entonces pensé que ya era su hora de partir. Un día me hizo sentar en su cama y me dijo: “Jorge, quiero pedirte perdón como padre porque mucha veces actué mal y necesito que me perdones”. ¡Esas cosas sí las arregló! Él ya no tenía ganas de charlar acerca de ningún asunto, sólo quería dormir. Yo lo llamaba y le decía que se levantara de la cama y viniera con nosotros sus hijos, pero ya no tenía fuerzas ni ganas, mi papá se quería ir. Cuando lográbamos traerlo con nosotros, todos estábamos charlando pero él nos miraba como diciendo: “Ya no estoy para esto”. Yo vi que en su corazón estaba el anhelo de irse a la patria celestial, igual que mi mamá. ¡Qué fe bendita he heredado yo!

                LA HISTORIA DE UN HOMBRE FELIZ       

El papá de mi mamá vino a hacerse la América, trabajó, ganó un poco de dinero, pero cuando le predicaron de Jesucristo, se enamoró del evangelio y pasados unos años decidió irse a Italia a predicarle el evangelio a su familia. Él no quería quedarse en Argentina con esa perla preciosa, quería ir a ganar a sus familiares y predicarles el evangelio, entonces viajó a Italia, pero su familia se fastidió. En aquel tiempo los evangélicos eran perseguidos por la iglesia romana y mi abuelo fue rechazado y desheredado. Su propia familia lo detestó. Entonces le preguntó a Dios: “¿Qué hago Señor? Yo me quiero casar con una mujer que ame a Jesús”. Entonces hizo un pacto y le dijo a Dios: “Yo voy a predicar el evangelio y la mujer que lo reciba será mi esposa”. Un día comenzó a predicarle el evangelio a una criada de su casa, cuando terminó de hablar, ella no decía una sola palabra, entonces mi abuelo le dijo: “Dime qué piensas acerca de lo que te he hablado”, y ella le respondió: “Pienso, ¡qué dichosa la mujer que se case con usted!” ¡Esa fue mi abuela! Aunque por un poquito yo no estaba acá, porque mi abuelo se enamoró de ella, pero no se lo confesó porque lo habían citado para ir a la guerra, entonces pensó que si moría en la guerra no quería dejarla con una herida. Dijo que si volvía del combate entonces le hablaría y se casaría con ella. Se fue a pelear y estando en el campo de batalla, cayó una bomba matando a todos los de su pelotón, entonces vinieron otros soldados e hicieron una fosa común y comenzaron a echarlos uno por uno allí adentro, pero cuando agarraron a mi abuelo y estaban a punto de arrojarlo a la fosa, él se quejó. Un soldado gritó: “¡Este está vivo!” Entonces lo llevaron al hospital, donde se pudo recuperar. ¡Por un poquito yo no hubiera existido!

Siguió mi abuelo en la guerra y recibió una carta de su hermano mayor en la que le decía: “Felipe, sé que trajiste dinero de América. Papá está mal económicamente por causa de la guerra por lo que te pido que me des de tu dinero porque me quiero casar con María”. Fue como si a mi abuelo le hubieran atravesado el corazón. ¡Su hermano mayor se iba a casar con la mujer que él amaba! Pero no dijo nada, en cambio le respondió a su hermano: “Te doy el dinero para que te cases con María”. Hasta consiguió permiso para ausentarse de la guerra para así poder ir al casamiento de su hermano con su amada. Próximo al día de la boda, su hermano cayó en cama con fiebre amarilla y murió. ¡Por un poquito no tendrías al pastor Márquez! Como se había muerto el hermano de mi abuelo, él le habló a María y se casó con ella con quien tuvo tres hijos en Italia, después tuvo tres más en Argentina.

Mi abuelo dijo: “No quiero más persecución ni problemas, quiero criar a mis hijos en América, una tierra de libertad. Quiero criar a mis hijos en el evangelio”. Entonces decidido irse a América, compró los pasajes y se dirigió al puerto para abordar el barco pero no lo dejaron subir porque sus hijos no tenían el certificado de bautismo de la iglesia católica. ¡Perdió el barco! Pero ese barco se hundió en alta mar y no quedó ni una sola persona viva. ¡Por un poquitito yo no existiría! Mi abuelo luego, logró abordar en el siguiente barco rumbo a Argentina donde crió a sus hijos en el evangelio. Antes de morir, escribió un librillo que tituló: “La historia de un hombre feliz”. Y su felicidad no consistía en los bienes que había adquirido sino en el evangelio que había llegado a su vida y que se iría al cielo con total certeza de que su descendencia quedaba en las manos de Dios y que el Señor obraría en sus hijos después de él.

Mi abuelo, que murió hace cincuenta años, tiene tátara nietos creyentes. ¡Somos una familia grande! Varios primos y mis hermanos junto conmigo somos pastores, y de la fe de mi abuelo, la que heredó mi madre, de él es que existe la iglesia Misión Vida para las Naciones. En Neuquén está la iglesia El Rey Jesús que lidera mi hermano Hugo Márquez. Y los descendientes de la fe de mi abuelo, el que casi no se casa con mi abuela, el que casi se muere en la guerra y se hunde con toda su familia en alta mar, la fe de mi abuelo, vive y actúa en nosotros. Si yo fuese otro y no tuviese la fe que tengo, hoy estaría vestido de negro, triste, hablando de la gran pérdida que ha sido la muerte de mi madre, pero quiero decirte que lo mío no fue una pérdida sino una ganancia.

                CONCLUSIÓN

Mi mamá murió con la absoluta certeza y seguridad de que se iba al cielo y trató hasta último momento de que alguien recibiera el evangelio. Entre los que estaban dándole el último saludo se encontraba la última hija espiritual que ella había ganado para Cristo. No sé cómo apareció esa joven en la casa de mi mamá, y ella le pidió que le pintara las uñas porque era muy coqueta. La chica lloraba agradecida a Dios por causa de que mi mamá le predicó el evangelio, y en el tiempo en que mi madre estaba internada la fue a cuidar al hospital. ¡Una verdadera hija! Ahí, postrada en una cama, mi mamá le dio a esa chica los últimos consejos y le pidió que le pintara las uñas por última vez. Yo había llegado a San Juan y ella ya no estaba en condiciones de reconocer a mis nietos; la vi respirar con dificultad, luego de estar un rato con ella, me fui a descansar porque había manejado unas veinticinco horas para poder verla en sus últimos momentos. Pensé que al otro día tal vez estaría lúcida y podría reconocer a sus nietos pero me llamaron a las siete y media de la mañana del día domingo, diciéndome que había fallecido. Cuando estuve con ella en el hospital y le acomodé las mantas, le vi las uñas pintadas, entonces pensé: “¡Se está muriendo y es coqueta todavía!”

En uno de los últimos viajes que hicimos a San Juan, mi mamá le dijo a mi esposa que se encargara de vestirla de blanco cuando se muriera y cuando nos avisaron que había fallecido, también nos pidieron que lleváramos las prendas para vestirla, y cuando Marta abrió uno de los cajones de mi mamá, encontró unas ropas blancas, todo como ella quería. El velorio fue una celebración extraordinaria, hubieron lágrimas pero de gozo. ¡Allí se convirtieron más de cincuenta personas! Hubo alabanza y adoración.

Yo quisiera que tú puedas disfrutar la fe que tuvo mi mamá, la misma fe que yo tengo y habita en mí. Si no vienes a Cristo, ¿a quién irás? Si no confías en Jesús, ¿en quién vas a confiar? Si no crees en el Señor, ¿en qué vas a creer? No dejes pasar un día más sin permitirle a Cristo que se apodere de tu corazón. Dile en esta hora: “Señor, quiero entregarte mi vida y mis problemas, quiero que habites por la fe en mí. Dame esa certeza que le diste a doña Vicenta Santamaría y que ahora tiene el apóstol Jorge Márquez. Yo te abro mi corazón, Señor. Te pido perdón por mis pecados; te pido perdón por haber vivido en ansiedad, en temores y amarguras, porque no he sabido descansar en Jesús. Quiero ser poseedor de esa  herencia de fe, Padre, te lo pido en el nombre de Jesús. Yo te doy gracias y te bendigo, yo creo que harás una obra nueva en mi vida, en el nombre de Jesús, amén”.

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