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MENSAJES DEL CIELO

VICTORIA CONTRA LA DEPRESIÓN

INTRODUCCIÓN

El diccionario hace referencia a la depresión como un síndrome y señala que este síndrome está caracterizado por una tristeza profunda y por la inhibición de los valores de la psiquis y las iniciativas que surgen de nuestra alma. Las funciones de nuestra alma son inhibidas por causa de la depresión. Cuando hay depresión, todas las cosas que tienes para dar, como una sonrisa, una palabra de aliento, un buen consejo, etc., no puedes expresarlos porque por causa de la depresión estás inhibido o inhibida.

Dios me mandó a hablar acerca de esto porque hay muchos cristianos que viven dominados por la tristeza y este sentimiento le quita a la gente el gozo de Dios, la fe, la esperanza y aún las ganas de vivir. La tristeza es una especie de mal contra la verdad de Dios, es una especie de maldición contra la fe en Dios, que te roba las ganas de vivir y te hace dudar acerca del futuro o temer acerca de cosas que puedan ocurrir en el futuro. ¡Hoy Dios quiere librarte de tristezas! ¡El Señor quiere librarte de la depresión!

Se puede decir que la depresión tiene que ver con un vacío. Cuando estás deprimido o triste es que algo te falta; y si no logras darte cuenta qué es lo que te falta, estás en ceguera. Algunos tratan de llenar ese vacío con dinero, con trabajo, con sexo, con música, etc. La gente quiere llenar el vacío a toda costa, pero el único que puede llenar ese vacío de llama Jesucristo. No hay ninguna canción que pueda darte vida abundante, no hay fármacos que puedan darte vida abundante, tampoco lo puede hacer la droga o el alcohol. ¡Sólo Cristo puede llenar el vacío que provoca la tristeza que te lleva a la depresión!

SÍNTOMAS DE LA DEPRESIÓN

Hay algunos elementos que intervienen en la depresión. Es muy común que sientas temores cuando estás deprimido, y el temor es contrario a la fe. Por medio de la fe yo tengo esperanza que voy a salir adelante, espero que lo que viene será mejor que lo que estoy viviendo, y no es una fe tonta o ciega, sino que está anclada en la palabra de Dios. La biblia dice que Cristo nos lleva de gloria en gloria y de victoria en victoria y por eso nosotros creemos que lo que viene siempre es mejor que lo que ya hemos vivido. La vida con Cristo es una vida ascendente, se perfecciona y alcanza niveles mayores de fe, de esperanza y de gozo. Cuando yo no entendía bien estas cosas dudaba de que sucedieran las promesas de la Biblia sobre mí y de tener victoria en ciertas áreas de mi vida, pero a esta altura en que Dios me ha mostrado cuánto me ama, me ha mostrado su poder, me ha hecho disfrutar al ver como Él ha transformado tantas vidas dándole esperanza, fe y ganas de vivir a tanta gente, ya no tengo ninguna duda. Por lo que digo: “¡Qué importa lo que venga! ¡Yo soy más que vencedor por medio de aquel que me amó!”

Eso que declara la palabra de Dios yo lo había leído y lo creía, pero ahora lo tengo en la médula de mis huesos. El cristiano que tiene una buena relación con Cristo no está esperando que las cosas sean mejores porque sabe que serán mejor; y sabe que no importan las circunstancias difíciles o contrarias. El cristiano sabe por la palabra de Dios, cree y está seguro que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien. ¡Qué lindo tener esa certeza! Tal vez ha ocurrido algo malo y catastrófico pero tú estas consciente que eso no es tan malo o catastrófico, sino que no estás entendiendo bien los planes que Dios está ejecutando sobre tu vida. Se muere un pariente y te pones mal y le reprochas a Dios, pero no estás entendiendo la historia que Él está tejiendo. Aunque no entienda, ahora que tengo incorporada la palabra de Dios, no me importa lo triste o difícil que sea la circunstancia, yo confieso que amo a Dios por lo tanto sé que en todas las cosas ayuda a bien para mi vida.

En la depresión opera el temor y éste es una fe negativa, es una especie de certeza que va a ocurrir lo malo que estoy presintiendo o pensando. En el temor no opera el Espíritu Santo, no opera Dios. Cuando yo pongo mi fe en que lo malo que pienso o presiento va a suceder, no estoy confiando en la palabra de Dios que promete que a los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien. Yo miro para adelante y que venga lo que venga porque sé que todo lo que suceda será para bien de mi vida, de mi iglesia, de mi nación y de mi descendencia. ¡Lo creo, lo vivo y lo predico!

Otro elemento que opera en la depresión es la tristeza que ya mencioné, y quizás sea el factor principal. Los temores tienen que ver con el pasado; hemos vivido cosas que han dejado marcas en nuestro inconsciente. Las circunstancias han metido temores en nuestro corazón y nuestra mente y creemos que porque me fue mal en varias ocasiones ahora también me irá mal. Lo mismo sucede con la tristeza que está fundamentada en situaciones del pasado, y tiene que ver con una sensación de pérdida. Por eso cuando hay depresión es porque no he alcanzado cosas que he anhelado; la depresión tiene que ver con fracasos matrimoniales, económicos, fracasos en el intento de que mi padre o mi madre me amen, entre otras cosas y entonces se apodera de las personas un estado de tristeza que sólo Jesús puede eliminar. ¡Cuando Cristo llega a tu vida borra el pasado! La promesa es que el que está en Cristo es una nueva criatura, ya el pasado no existe y no influye más en tu presente porque con el Señor estás caminando en una nueva historia. El que está en Cristo es una nueva criatura, las cosas viejas pasaron y todas son hechas nuevas. Yo puedo mirar hacia adelante expectante por lo que está haciendo Dios y mi referencia no es el pasado ni las circunstancias que viví sino el futuro venturoso que Jesús tiene para mí. El estado de tristeza te inhibe y te impide tener esperanza, fe, convicción, fuerza; te impide contagiar a los demás con vida porque la tristeza te está robando la vida.

Si estás en un estado de tristeza, Cristo te quiere librar. No importa lo que haya hecho tu cónyuge contra ti, lo importante es que Cristo te puede sacar la tristeza a pesar de tu cónyuge. Así que puede venir la tristeza y el miedo, pero si tú escuchas la palabra de Dios y la crees con todo tu corazón, el Señor tiene poder para hacerte vivir en otra dimensión, más allá y por encima de las circunstancias. ¡Dios tiene poder! El apóstol Pablo declaró que el evangelio es poder de Dios para salvación y hoy estás escuchando el evangelio, la buena noticia de Dios. El Espíritu Santo te trae hoy este mensaje que te sacará del estado de tristeza, de la angustia y la depresión. Y esto es más que un mensaje; es poder de Dios para salvación. Yo podría darte un lindo discurso, pero si no opera el poder de Dios, no serviría de nada mi discurso. Tengo la convicción que lo que estoy predicando es poder de Dios para salvar a cualquiera en cualquier situación.

Veamos ahora, los síntomas de la depresión:

sintomas de depresion

 

¿Qué cosas hay en mí que determinan que hay depresión? Por ejemplo, sentirse triste o vacío. La depresión es el estado fundamental de la tristeza. Los psiquiatras dicen que una tristeza prolongada pasa a ser depresión. Una tristeza que se apodera de tus estados de ánimo termina en depresión o genera ese vacío existencial. Otro síntoma de la depresión es la pérdida de interés. Antes tenías iniciativas, te gustaba estudiar o trabajar, sonreías todo el tiempo, pero ahora has perdido el interés y ya no sonríes, ya no te interesa estudiar o trabajar, no le encuentras sentido a la vida y piensas que no hay propósito alguno para vivir, piensas que no vale la pena vivir y sientes deseos de morir. Quiero decirte que el evangelio promete vida abundante a quienes lo reciben. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). ¡Esto es una promesa del Señor y Él tiene poder para hacer que esta palabra se cumpla en tu vida!

La depresión te promete muerte y es que la depresión sugiere muerte, pero el evangelio te da vida. La depresión te insinúa que no vale la pena vivir, pero Cristo te dice: “Yo he venido para darte vida y vida en abundancia”. También declaró: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Prometió que la vida que nos daría sería como un río de agua de vida que sale de nuestro interior (Juan 4:14) y que no sólo es para nosotros, sino que toca a los que nos rodean. Si tú tienes entusiasmo, y entusiasmo significa, lleno de Dios, ese río de vida que hay en ti moja a otros y los llena de expectativas. Es una vida que no sólo te llena, sino que también emana de ti para bendecir a otros. ¡La depresión no es normal en los creyentes! La tristeza puede surgir por causa de alguna circunstancia adversa que llegó a tu vida, pero se tiene que ir porque no tiene nada que hacer en tu vida. La esperanza supera la tristeza; la fe y las ganas de vivir que te da Jesús superan la tristeza, y Dios te quiere librar del poder de esa tristeza profunda que tienes.

Otros síntomas de la depresión son el no poder dormir o dormir demasiado, sentirse permanentemente cansados. Hay mucha gente que no trabaja tanto, pero vive cansada. Otros síntomas son que vives sin esperanzas, que siempre estás irritable y ansioso, tienes ideas de muerte o de suicidio. Parece ser que se mueven demonios en la depresión que al hablarte e insinuarte pensamientos te dicen que la vida no tiene sentido y no vale la pena vivir; después te llama la atención hacia una ventana en el décimo piso en donde te encuentras y te incita a arrojarte hacia el vacío así se termina todo tu sufrimiento. Algunos oyen voces que le dicen que se tire delante de un camión. Cuando la depresión hace morada en ti, quien domina no es el Espíritu Santo sino los demonios. La depresión te lleva por caminos que Dios no te ha mandado transitar; por lo tanto, tienes que ser libre hoy de la depresión porque ésta te arrastra por caminos de muerte.

La depresión también conlleva un aumento o la pérdida de los deseos de comer. Puede darte por comer de más o por no tener ganas porque se te cierra el estómago. Es un vacío emocional, motivacional, o sea que te falta motivación. Es un vacío intelectual ya que las cosas que has aprendido no te sirven de nada, sino que están ahí herrumbradas en tu corazón, por lo tanto no funcionas como Dios quiere ni siquiera como tú quisieras funcionar. Te vuelvo a insistir que el evangelio es poder de Dios para salvación de todo aquel que cree.

YO ENTRÉ EN DEPRESIÓN…

A mí no me han contado acerca de la depresión ni he leído del tema; me ha tocado vivirla y hace más de cuarenta años fui libre de la depresión. Yo tenía veinticinco años de edad y me sentía como un viejo. A esa edad yo pensaba que no valía la pena vivir y le preguntaba a Dios por qué permitía que me sucediera lo que me estaba sucediendo y por qué dejó que yo sufriera injusticias. Cuando tú comienzas a cuestionar a Dios, más solo te quedas. Yo me había criado en la iglesia y en determinadas áreas de mi vida tenía temor de Dios. Yo había decidido guardarme de toda relación sentimental con las jóvenes, que ofendiera a Dios. Así llegué a los veintidós años de edad, no me había puesto de novio con ninguna chica y había unas cuántas que me buscaban, pero yo no podía engañarlas diciéndoles que las amaba, y como no podía decírselo, no me metía con ellas. Hoy en día los chicos se les declaran a las chicas y viceversa diciendo: “Siento algo por vos”. ¡Una gran estupidez porque sentir algo no es necesariamente amor! Sentir algo sería como alguna cosquillita, o tener ganas de algo. Te gusta una chica y tienes ganas de besarla, entonces te le acercas y le dices que sientes algo por ella y si la joven te corresponde entonces ya están listos para el beso. Yo no quise relacionarme con ninguna chica. Una vez, una joven se volvió loca por mí y la entiendo. ¡Era linda la chica! Unos amigos me decían: “Dale, encarala porque está muerta contigo”. Entonces yo decidí ponerme de novio con ella, pero no podía estar en paz porque sentía temor de Dios. La chica vivía a ciento setenta kilómetros de mi casa y un día sin saber más que hacer, porque yo no aguantaba estar en una relación con ella le escribí una carta insinuándole que quería terminar porque no me sentía bien. Le dije que debíamos hablar. Yo no podía mirarla a los ojos y decirle que la amaba porque no eras así. La chica interpretó mal la cosa y me sugirió que concretemos el noviazgo. Ella se quedó esperando y yo no le volví a escribir ni la vi más. Pero llegó el día en que me enamoré perdidamente de Marta, mi esposa. Yo que tenía muchos cargos en la iglesia, era un líder importante; Marta cantaba en el coro que yo dirigía entonces le hacía caritas. También fui su maestro de la escuela dominical. Antes de enamorarme de ella, una vez le insinué algo, le conté la historia de Abraham cuando Dios le dijo que dejara su tierra y su parentela y él obedeció yéndose a donde Dios lo mandó. Entonces le dije a Marta: “Si yo te dijera que te fueras conmigo, que dejaras tu casa y todo lo demás. ¿Lo harías?” ¡Y ella me responde que sí! La lógica es que debía decir que no pero no nos habíamos puesto de acuerdo, aunque en ese entonces aún no estaba enamorado de ella.

Pero cuando me enamoré de Marta le hablé y le dije cuánto la quería, que estaba roto, descosido por ella, y me dice: “Mira Jorge, yo con vos no me caso ni me casaría nunca”. Yo tenía la idea de que cualquier chica a la que yo le hablara tenía que caer de rodillas llorando agradeciendo al cielo. En mi fuero íntimo pensaba que no podía haber mujer que se me resista. ¡Era humilde en aquel tiempo! Realmente pensaba que si alguna chica se resistía a mi amor era una estúpida que no me merecía. Pero cuando me enamoré de Marta no podía desear que se pudriera porque se me pudría el amor de mi vida. Esa noche me fui sufriendo a mi casa y pensaba que lo que estaba viviendo era mentira, pero tenía esperanza que la cosa iba a cambiar. Y le volví a hablar. Resulta que Marta se había puesto de novia con otro joven y yo le hablé sin saberlo. Había encontrado un rubio, alto, que se había recibido de contador y tenía casa. ¡Qué sé yo todo lo que tenía ese tipo! Yo era bajito, morocho, estudiante de arquitectura, aún no me había recibido y no tenía un peso en el bolsillo. ¡Estaba frito! En ese tiempo comencé a decirle a Dios: “Yo me guardé para serte fiel y ahora que amo a una mujer, ella me desprecia”.

Comencé a vivir un estado de lucha interior y perdí las ganas de estudiar; yo era un líder activo en la iglesia y perdí el deseo de servir a Dios. Me sentía cansado…. Tenía todos los síntomas de la depresión. No tenía ganas de levantarme de la cama ni de comer, mi mamá me decía: “Jorgito tenes que comer. Estás quedando muy flaco. Hay muchas chicas lindas en la iglesia”. Pero yo enojado decía: “¡Qué me importa! ¡Yo la quiero a Marta!” Todo me era contrario. Marta vivía al lado de mi casa y yo sabía a la hora que se iba a clases de piano así que salía afuera y me sentaba en el muro de casa a mirarla. Yo la miraba y me lamentaba. La veía irse y casi pasaba inadvertido para ella. ¡Eso era una puñalada para mí! Ella quería convencerme que jamás se casaría conmigo. Estaba en los preparativos para su casamiento con el rubio alto y había comprado la heladera, una cocina y otras cosas más. ¡Todo para casarse con el gil ese! Pero yo le volví a hablar y ella me dijo: “¿Cómo queres que te diga que con vos no me voy a casar?” Todo eso ayudaba a mi tristeza y resulta que en esos días en que estaba acostado en mi cama sin ganas de nada, hasta la música más inocente me pegaba duro. Me quedaba horas en mi cuarto escuchando música. Había un tema titulado: “El gato en la oscuridad”. La letra dice: “Ese gato que está en el tejado sabía que tú eras mía”. Y a mí se me saltaban las lágrimas… ¡Hasta el gato lo sabía! Y surgía una canción tras otra para que yo me hundiera en la tristeza y en la depresión. Me había comprado en ese entonces unos cuantos simples y entre ellos había uno de Palito Ortega. ¡Las canciones de Palito Ortega eran las más inocentes y bendecidas! Y había una que decía: “Al lado, justo al lado, vive, la que me tiene enamorado, ilusionado, trastornado, yo la tengo de vecina, está viviendo justo al lado”. ¡Yo escuchaba eso y lloraba! Por eso te digo que entré en una depresión profunda y cuestionaba a Dios, pero cuanto más cuestionaba a Dios, más solo y triste quedaba. Por ahí yo agarraba la Biblia y ésta me daba para adelante. Yo practiqué también la dedomancia. Le decía a Dios: “¡Háblame Señor!” y donde paraba mi dedo esa era palabra de Dios. Entonces me salió el versículo que se encuentra en Mateo 21:22: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”. “¡Pero Dios, si esta está de novia con el rubio ese! ¿Qué derecho tengo de orar para que me la des?” ¡Estaba librando una lucha impresionante! Oraba, lloraba, tomaba la Biblia y pedía: “¡Háblame Señor!” Y otra vez donde caía mi dedo, esa era palabra de Dios y me salía nuevamente Mateo 21:22: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”. La palabra de Dios hacía su trabajito y los demonios también y yo estaba en el medio de la palabra de Dios y los demonios. Un buen día Dios me dio una palabra: “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación…” (Salmo 40)

La palabra que hoy estás recibiendo tiene poder para doblegar todos los poderes del infierno que producen tristeza, angustia, soledad y todo mal que te rodea. ¡Hay poder en la palabra de Dios! El evangelio es poder de Dios para salvación de todo el que cree. En ese entonces, no salté de alegría porque la palabra decía: “Pacientemente esperé a Jehová…” Era como que Dios me estuviera diciendo que aguantara que Él me iba a sacar.

La depresión está descrita en el Salmo 23 “…Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento”. En el valle de sombra de muerte uno pierde el aliento, pierde el ánimo y la fe, camina despacio y no sabe a dónde ir, no sabe si lo que hace está bien o está mal. Mi lucha duró dos años. Mi cuñado que jugaba conmigo a la pelota, cada vez que me veía me decía, por ejemplo: “Mi hermana ya se compró la heladera. Se casa en diciembre”. Cada vez que me veía me informaba acerca de los preparativos del casamiento de Marta. ¡Qué sufrimiento! Un día se pelearon y yo me terminé casando con Marta. ¡Después me dijo que me amó toda la vida! Ella decía de mí que era un negro ruliento; ahora me dice papi. “Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios” (Salmo 40). ¡Dios me devolvió las ganas de vivir!

ELÍAS ENTRÓ EN DEPRESIÓN…

El profeta Elías vivió la depresión profundamente, después de una gran victoria espiritual en el Monte Carmelo cuando clamó a Dios para que enviara fuego del cielo y consumiera el holocausto que él había preparado. Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja. Previamente se había burlado de los sacerdotes de Baal que habían invocado a su dios, pero éste no les respondió; ellos hicieron sus rituales, sus danzas y sacrificios, se sajaban los brazos hasta chorrear sangre, pero Baal no con contestó por fuego y Elías dijo: “Invocad vosotros el nombre de vuestros dioses, y yo invocaré el nombre de Jehová; y el Dios que respondiere por medio de fuego, ése sea Dios” (1 Reyes 18:24). Entonces Elías invocó a Jehová y el fuego cayó y consumió todo el holocausto. “Viéndolo todo el pueblo, se postraron y dijeron: ¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!” (1 Reyes 18:39). A veces dejamos la espiritualidad y nos manejamos según nuestros estados de ánimo. Vemos a algún creyente que está desanimado pero un día se levanta y comienza a subir y a tener victoria; uno lo ve y piensa qué bien que está, pero nuevamente decae. De la nada baja de ánimo, sube, baja y así sucesivamente. Cuando sube no es por Cristo sino porque les picó algo. El Espíritu Santo te da dominio propio y te hace vivir en una fe constante, no es que se te cae la fe y la vuelves a levantar, después se te vuelve a caer y la levantas de nuevo. Los estados anímicos son fruto del alma y ésta tiende a cambiar sus estados anímicos con la temperatura, la humedad, lo que comiste o bebiste, por causa de una mirada, etc. Una mirada te puede cambiar el estado de ánimo. Una chica cree que el joven está loco por ella y se siente feliz pero un día el muchacho la mira medio seco y ese día la chica se viene abajo, allá al fondo. ¡No hay quien la levante! Una palabra o una noticia pueden cambiar tus estados de ánimo. Pasas de la euforia a la tristeza más profunda y Dios no quiere que vivas más así.

Después de esa gran depresión que te conté, he vivido por más de cuarenta años predicando. Cuando estaba en la depresión le decía a Dios que no valía la pena vivir. “¿Para qué vivir si yo me había guardado para honrarte y no me das la mujer que yo amo? ¡No te entiendo Dios! ¿Qué quieres de mí? ¿Qué me quieres enseñar? ¡No tiene sentido esto que estoy viviendo!” Yo no conocía los planes que Dios tenía para mí. Yo era anímico y Dios me tenía que hacer pasar por esta experiencia para que yo ya no dependiera de mi alma, sino que dependiera de Jesucristo y de su palabra. El alma se agarra de cualquier cosa para entrar en depresión, en tristeza o en euforia, pero el Espíritu se mueve por la palabra. Jesús dijo: “…mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35). El que confía en la palabra de Dios vive estable. El que ancla su alma en la palabra de Dios pone esa ancla en un lugar estable y firme; esa persona no se moverá porque no dependerá de las circunstancias sino de lo que Dios ha dicho. ¡Y lo que Dios ha declarado no se mueve! ¡No cambia! ¡No varía porque Dios no miente!

Cuando cae fuego del cielo y todos ven que Jehová ha enviado fuego, comienzan a declarar: ¡Jehová es Dios! Porque el pueblo estaba sumido en la idolatría y adoraban dioses extraños y no al verdadero Dios de Israel. Elías manda a detener a los profetas de Baal, para que no escape ninguno. Eran cuatrocientos cincuenta sacerdotes de Baal; y los llevó Elías al arroyo de Cisón, y allí los degolló. Y la que mantenía a esos sacerdotes era Jezabel, la esposa del rey Acab. “Entonces envió Jezabel a Elías un mensajero, diciendo: Así me hagan los dioses, y aun me añadan, si mañana a estas horas yo no he puesto tu persona como la de uno de ellos” (1ª Reyes 19:2).

Aquí comienza el drama de Elías. Él no tuvo miedo de matar cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y burlarse de ellos. Dios lo respaldó. Pero cuando recibió esa noticia de parte de la reina se asustó, tuvo miedo y huyó. Hasta ese momento estuvo firme y dice la Biblia en 1ª de Reyes 19:3: “Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado”. Cuando la reina amenazó con cortarle la cabeza le entró miedo y decidió huir. El miedo te hacer correr en la dirección opuesta a la voluntad de Dios; el miedo te impide estar lúcido para entender qué es lo que Dios quiere que hagas. Recordemos que el miedo es uno de los factores de la depresión. Elías estaba en el Monte Carmelo, bien al norte de Israel, en el límite con Líbano y más allá no podía pasar. Allá fue donde Elías hizo esta proeza de parte de Dios. La Biblia señala que viendo el peligro, huyó a Beerseba. No había vehículos entonces, ni rutas. Calculo que descendió más de trescientos kilómetros hacia el sur. Beerseba es la última ciudad antes del desierto del Neguev. Hay pueblos o civilizaciones desde Beerseba hacia el norte, pero ésta es una ciudad situada bien el sur del reino de Judá, y luego de ella, está el desierto. El Monte Carmelo estaba al norte en el reino de Israel. Allí en Beerseba dejó a su criado y señala la Biblia en 1ª Reyes 19:4: “Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres”. Elías huyó por miedo a que lo mataran, pero ahora estaba deseando morir. ¡Se hubiera quedado allá! Una versión antigua dice: “Basta ya, oh Jehová, quítame el alma”. Continúa diciendo 1ª Reyes 19:5: “Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come”. Cuando fuimos a Israel hemos andado por el desierto del Neguev, un desierto donde no hay vegetación, sólo piedras y arena. Allí el clima es seco y hay hasta cuarenta y cinco grados de temperatura. Elías se echa debajo de un enebro y le dice a Dios: “Basta ya, oh Dios, quítame el alma”. El alma es el yo. El ángel le ordena que se levante y que comiera y así lo hizo Elías, pero después que hubo comido sintió ganas de dormir otra vez. “Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta” (1ª Reyes 19:7). Dios me dio esta palabra para ti hoy: Levántate y come porque largo camino te resta. Yo sé lo que es tener veinticinco años de edad y sentirme como un viejo, y no tener ganas de vivir. Yo sé lo que es no encontrarle sentido a la vida ni propósito en lo que Dios estaba haciendo. Elías llegó al punto en que no quería más nada, estaba cansado; quedó turbado por lo que había sucedido. El enemigo había contra atacado justo después de una gran victoria y lo demolió, lo llevó el punto de desear la muerte. Después de haber salido de mi depresión, llevo más de cuarenta años predicando el evangelio, ya no tengo ganas de morir sino todo lo contrario. Yo le digo a Dios: “Dame vida y nuevas fuerzas para seguir predicando. Yo quiero llenar el mundo con tu palabra y levantar gente en el nombre de Jesús. Yo quiero ver el poder del evangelio transformando a las personas”. He trabajado mucho y estoy cansado, pero tengo ganas de vivir y seguir haciendo la obra de Dios.

CONCLUSIÓN

Puede que seas un joven que se siente viejo, abrumado, cansado, que no le encuentra sentido a la vida, pero yo te digo que Dios tiene propósito contigo y Él te ordena: “Levántate y come porque largo camino te resta”. Dice la Biblia que después que se hubo alimentado caminó cuarenta días y cuarenta noches sin comer y sin beber dirigiéndose hacia el sur. Se atravesó todo el desierto del Neguev y llegó al Sinaí o Monte Horeb. Unos seiscientos kilómetros aproximadamente desde el Monte Carmelo hasta el Monte de Dios. “Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?” (1ª Reyes 19:9). Yo te pregunto de parte de Dios: “¿Qué haces aquí? ¿Quién te mando llegar a dónde has llegado?” Elías respondió: “He sentido un vivo celo por Jehová Dios de los ejércitos; porque los hijos de Israel han dejado tu pacto, han derribado tus altares, y han matado a espada a tus profetas; y sólo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida. Él le dijo: Sal fuera, y ponte en el monte delante de Jehová. Y he aquí Jehová que pasaba, y un grande y poderoso viento que rompía los montes, y quebraba las peñas delante de Jehová; pero Jehová no estaba en el viento. Y tras el viento un terremoto; pero Jehová no estaba en el terremoto. Y tras el terremoto un fuego; pero Jehová no estaba en el fuego. Y tras el fuego un silbo apacible y delicado. Y cuando lo oyó Elías, cubrió su rostro con su manto, y salió, y se puso a la puerta de la cueva. Y he aquí vino a él una voz, diciendo: ¿Qué haces aquí, Elías?” (1ª Reyes 19:10-13).

Ahora pregúntate tú: “¿Qué hago aquí? ¿Por qué he llegado hasta aquí? ¿Por qué me siento perdido? ¿Por qué siento que mi vida no tiene sentido?” Elías le vuelve a contar el mismo cuento que le dijo al ángel a Dios. “Y le dijo Jehová: Ve, vuélvete por tu camino, por el desierto de Damasco; y llegarás, y ungirás a Hazael por rey de Siria” (1ª Reyes 19:15). Dios lo invita a empezar de nuevo y ahora con la nueva orden que le da, todo lo que caminó hacia el sur lo tenía que caminar hacia el norte. ¡Hacer seiscientos kilómetros de nuevo hacia el otro lado! Aunque volvía por el desierto de Damasco, más hacia el este del Monte Carmelo, y los dos están casi a la misma altura. Podría haber ido desde el Monte Carmelo, dos o tres días caminando hasta Damasco. Le dio la tarea de ungir a Hazael por rey de Siria más otros dos trabajos como el ungir a un rey de Israel y levantar a Eliseo como su sucesor.

Presta atención a lo que te digo ahora. Todo lo que has caminado sin saber que no era la voluntad de Dios lo vas a tener que descaminar. Dios te dice: “Yo voy a cambiar tu vida, pero tú tienes que conocer mi voluntad”. No camines por caminar o por impulso. No hagas lo que te viene en ganas o porque lo sientes. ¿Por qué lo hiciste? “Porque lo sentí”. ¡Tú tienes que hacer lo que Dios te dice! “Pero no lo siento y yo no soy hipócrita”. A la gente le gusta hacer lo que siente. Elías hizo lo primero que sintió. Lo que sintió fue temor y dijo: “¡Tenemos que huir valientemente!”

Dios quiere orientar tu vida y darle sentido a tu existencia. Caminaste mucho creyendo que hacías lo correcto, pero si decides hoy obedecer a Dios, Él te dirá lo que tienes que hacer y a dónde tienes que ir. Entrégale tu depresión, tus temores y tristezas. No camines más gobernado o gobernada por tus temores y tristezas. Que no te asusten las circunstancias. El Señor te dice: “Yo soy tu Dios y caminaré contigo y te daré fuerzas. Yo te daré victoria y te haré un vencedor y una vencedora. En tus caminos no hallarás victoria, pero en mis caminos serás más que un vencedor”.

Si estás siendo asediado o asediada por tristezas y por depresión porque tú sabes si estás sintiendo un vacío, si sientes un bajón y quieres hacer cosas pero no tienes fuerzas, no tienes ganas o simplemente no puedes, has golpeado puertas que no se abrieron y ya no sabes que puertas tocar, ya no sabes qué más hacer, Dios te dice hoy: “Dame tus problemas. Dame tus depresiones y tus angustias; dame tus fracasos y yo quitaré tu depresión hoy de ti. Te voy a dar libertad. Experimentarás una libertad que hacía mucho no experimentabas. Has corrido mucho pero no sabes para qué ni para dónde. Yo te voy a mandar al lugar exacto de mi voluntad y no dejaré que fracases más”. La tristeza, la depresión y los temores te hacen tomar decisiones. ¡Decide que nunca más le harás caso y desde hoy obedecerás a Dios! ¡Arrodíllate delante de Dios, no delante de tus temores!

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