¿CÓMO PUEDO CONOCER A DIOS? - Misión Vida para las Naciones

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MENSAJES DEL CIELO

¿CÓMO PUEDO CONOCER A DIOS?

INTRODUCCIÓN

He sido inquietado por el Señor acerca de algunas cosas que la iglesia debe saber y creer. En Juan capítulo 3 encontramos dos verdades sobre las cuales quiero hacer énfasis, y estas son el nombre del Señor y Su palabra. A Dios lo llamamos: “El Altísimo”, “el Omnipotente”, “Hassem”, “Elohim”, “el Todopoderoso”, etc. Pero ninguno de esos calificativos son el nombre del Señor. Yo me llamo Jorge, si fuera por la calle y alguien gritara: “¡Arquitecto!”, tal vez me voltearía a ver porque me recibí de arquitecto, pero no es mi nombre. Y si gritaran: “¡Jorge!”, enseguida me doy vuelta porque mi nombre está relacionado a mi persona. Hay muchos Jorge en el mundo, y en una de esas, tres se darán vuelta, porque es un nombre muy usado. Pero el nombre del Señor es uno solo y no se conoce a nadie en el mundo que tenga su mismo nombre. Èl tiene un nombre. ¡Grandioso y maravilloso es su nombre! Y aunque yo diga esta expresión no significa que menciono su nombre. Necesitamos conocer cuál es el nombre del Señor.  

Lo segundo que quiero exponer y que debemos creer es el Verbo de Dios o el Logos, que es la palabra de Dios. Dos cosas identifican a Dios, una es su nombre y la otra es su palabra. A Dios nunca nadie lo ha visto, así que si lo conocemos es por su palabra. Él se da a conocer, no porque lo podemos ver, sino porque podemos escuchar su voz; y su voz es única e inconfundible. Yo, Jorge Márquez, tengo una voz única e inconfundible. Cuando he salido de viaje, por ejemplo, me ha pasado que he entrado a alguna tienda y he comenzado a hablar con el vendedor, entonces, una persona que estaba por ahí dice: “Esa voz la conozco”. Se me acerca y me dice: “A usted lo conozco de algún lado”. Debe ser porque me ha visto en algún programa de televisión o en las redes, me imagino. La persona insiste en que mi voz le resulta familiar. Me presento y le digo: “Yo soy el pastor Márquez”. “¡Ah, yo sabía que lo conocía!” Me conoce por mi palabra, por mi voz. Y la voz de Dios y su palabra son inconfundibles.

EL NOMBRE DE DIOS

Esas son dos cosas que los cristianos tenemos que saber y entender muy bien porque han surgido algunas discrepancias teológicas, y han salido de adentro de la iglesia; estas, están relacionadas a los tiempos que se aproximan y tiene que ver también, con el hecho de que habrá persecuciones no sólo de los de afuera sino también de los de adentro porque estamos viviendo un tiempo de apostasía. Tú tienes que estar firme en este tiempo de apostasía y saber en quién has creído, y quién es tu Dios. Hay muchos que no tienen claro, por ejemplo, quién es Jesús. Hoy en día se discute que no hay que usar más el nombre “Cristo” porque es una palabra griega y no es fidedigna. Entonces prefieren no mencionar ese nombre, sino llamar al Señor como el Mesías. Hay Biblias en las que la palabra Cristo no aparece porque la han cambiado por Mesías, y en muchas están eliminando el nombre del Señor. El nombre del Señor es el que Dios le dio a Moisés cuando se le apareció en la zarza ardiendo en el desierto. “Dijo Moisés a Dios: He aquí que llego yo a los hijos de Israel, y les digo: El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntaren: ¿Cuál es su nombre?, ¿qué les responderé? Y respondió Dios a Moisés: YO SOY EL QUE SOY. Y dijo: Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me envió a vosotros” (Éxodo 3:13 y 14 RVR). La traducción correcta es: “Yo seré el que seré”. Aquí utiliza un verbo que implica una acción.

Dios se revela con el nombre que nosotros conocemos en la Biblia Reina Valera: Jehová. Aunque se ha discutido acerca de esto porque la “j” (jota) no existía, sino que se usaba la “y” griega. Claro, es que quieren que el nombre del Señor se pronuncie tal cual Dios se lo manifestó a Moisés en el hebreo antiguo. Digamos que mi nombre es Jorge, y cuando voy a Estados Unidos, por ejemplo, no me tienen que decir George porque si siento que alguien dice: “¡George!” yo ni me inmuto. En cambio, si dicen: “¡Jorge!” entiendo que es a mí a quien se están refiriendo. El nombre es muy importante. Nosotros no decimos Jorge Washington, sino George Washington, porque en su país así se pronuncia su nombre. Entonces, algunos dicen que no debemos referirnos a Dios como Jehová, otros dicen que el nombre del Señor es Yahveh, y hay muchas discusiones acerca de esto. Y es que el Señor dijo: “No tomarás en vano el nombre del SEÑOR tu Dios, porque el SEÑOR no dará por inocente al que tome su nombre en vano” (Éxodo 20:7 RVA). Lo tomaron tan literal que se asustaron y decidieron dejar de mencionar cualquier nombre y se refieren a Dios como: “Elohim”, “El Omnipotente”, etc. Usan títulos y calificativos para no mencionar el nombre del Señor. Pero la Biblia dice: “Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo” (Hechos 2:21 RVR). Invocar el nombre del Señor significa, pronunciar con la boca su nombre. Y su nombre es único; no hay ningún dios ni ninguna persona que tenga ese nombre. Por un lado, los judíos ocultaron el nombre del Señor para no mencionarlo y tomarlo en vano, pero también, a través de los siglos, la iglesia católica, no sé con que poder actuó, de tal manera que, reemplazó el nombre del Señor por la palabra Dios. Y en realidad, donde aparece la palabra Dios en las traducciones bíblicas está el nombre del Señor. Yo le voy a decir hoy: Yahveh. A partir de ahora voy a llamar al Señor por su nombre y ya no le diré Jehová.

Por alguna causa sagrada el Señor quiere ser reconocido, por lo que declaró: “es grande mi nombre entre las naciones” (Malaquías 1:11). Se habla de la grandeza del nombre, y de Jesús dice la Biblia que le fue dado un nombre que es sobretodo nombre. “Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre” (Filipenses 2:9 al 11 RVR). Cuando decimos Jesús, no estamos diciendo el nombre. Aquí hay otro litigio ya que hay algunos que señalan que Jesús es el hijo biológico de José y María; y yo creo firmemente que Jesucristo es Dios.

Hoy hay un movimiento, que para mí es apóstata o herejía, que señala que Jesús fue solamente un hombre. No niegan que fuera ungido ni que haya sido el Mesías; no niegan que es el Salvador del mundo, pero alegan que Jesús no es Dios. Y se adhieren, digamos, al pensamiento judío que señala que Dios es uno, y entonces si Dios es uno no son dos. Una persona me dijo que si Jesús murió en la cruz del calvario, entonces murió Dios. Hay mucha discusión acerca de estos temas. Pero la Biblia no deja de afirmar que a Jesús se le ha dado un nombre que es sobretodo nombre para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Esto significa, para que lo adoren a Jesús como adoran al Padre.

Hay algunas cosas de la Biblia que quiero que entiendas. Leemos en Juan 3 la conversación que tuvo Nicodemo con Jesús, y el pasaje comienza diciendo: “Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos”. Había una rencilla contra Jesús y nadie se podía enterar que estuvo hablando con el Señor, entonces dice la Biblia: “Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”. Le atraía Jesús y le atraía las cosas que oía acerca de Él. Ahora vamos a entrar al tema de la palabra de Dios. Quien es de Dios es atraído por su palabra. Sucede que hay algunos que huyen de la verdad y hay otros que son atraídos por la verdad. Los que son atraídos por la verdad o por la palabra de Dios, son espirituales, y los que huyen son carnales, buscan las cosas de la carne y del mundo. El hecho de que asistas a la iglesia y seas religioso no significa que corras hacia la luz; puede ser que te guste la religión, pero andas en busca de cosas que no son del espíritu.

Se le acerca Nicodemo a Jesús, y le hace preguntas porque le atrae todo lo que el Señor habla y le dice: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”. Para Nicodemo era muy llamativo que la autoridad de Jesús no era solo de palabras, sino que esas palabras tenían un poder especial. Las palabras de Jesús resucitaban muertos, sanaban enfermos; no era como la autoridad de los religiosos porque la religión no produce vida, mas Cristo es la vida. Y Nicodemo estaba, por decirlo de una manera, en un ambiente de muerte, y cuando escucha a Jesús se da cuenta de que eso sólo podría provenir de Dios, es por eso que le dijo: “…sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”. Y estaba dispuesto a escuchar a Jesús. Entonces el Señor le respondió: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Las neuronas de Nicodemo colapsaron y habrá pensado, ¿qué me está diciendo este hombre? Leemos a continuación en Juan 3: 4 y 5: “Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”. Aquí Jesús introduce un concepto que es el nuevo nacimiento, el volver a nacer; y cuando Nicodemo cuestiona cómo iba a nacer siendo viejo, Jesús le aclara y le dice que lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. Le enseña que se trata de un nacimiento que no tiene que ver con lo que él conoce y sabe, sino con una obra especial que hace el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo entra por la palabra, porque la palabra es Espíritu y es vida. La palabra de Dios es fundamental, es la verdad, es inamovible. ¡Tengo que creer en la palabra de Dios! Jesús le dijo que le era necesario nacer de nuevo. ¡Algo increíble tenía que suceder! Nicodemo pensaría, ¿y cómo será esto? Y Jesús le dice: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. Hay una vida espiritual que es alimentada, no con verduras y legumbres sino con pan del cielo. Jesús declaró: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo…” (Juan 6: 51 RVR).

¿Cuál es tu comida? ¿Jesús? Entonces, hay una vida espiritual que surge por la fe en Jesús, y esa vida espiritual es alimentada por el pan del cielo, que es Jesús mismo. Hay más cosas que decir acerca de esto, tema que abordaré en breve. En Juan 1:1, el apóstol hace una introducción como podemos ver en Génesis 1:1 que dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Y Juan dice: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. En la versión de la Biblia Textual, Juan 1:1 dice: “En un principio era el Logos, y el Logos estaba ante Dios, y Dios era el Logos”. Aquí aparece la palabra de Dios.

LA PALABRA DE DIOS

He hablado acerca del nombre de Dios, ahora me refiero a la palabra de Dios. Y la palabra de Dios es nuestro alimento. A Dios lo conocemos, no porque lo vemos sino por su palabra. Y su palabra es el Logos de Dios. Logos se refiere a palabra común; pero esta palabra o el Logos, que es Dios, no es una palabra común, sino que es una palabra que tiene poder y tiene vida. Es una palabra que cuando Dios la emite, como cuando dijo: “Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos”, se produjeron seres vivientes por el solo hecho de que la palabra de Dios fue oída. Y Jesús dijo: “Mis palabras son Espíritu y son vida”. El apóstol Juan, en el capítulo uno, habla de lo extraordinario que es esto, cuando dice: “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho”. Cuando señala que las cosas por él fueron hechas, se está refiriendo a ese Logos; Él es la palabra de Dios. Por lo tanto, cuando Dios dijo: “Produzcan las aguas…” Fue Cristo moviéndose para que las aguas produzcan. Juan está uniendo el Nuevo Testamento con el Antiguo Testamento. Está diciéndonos que Dios no estaba solo en la creación, sino que Dios, su Palabra y su Espíritu estaban actuando. “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él (en el Verbo) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Juan dijo: “En el principio era el Verbo”. ¿Cuándo fue el principio? Cuando Dios creó el tiempo. Para que haya principio tiene que haber tiempo. Antes del principio no había tiempo; había eternidad, y en la eternidad no existe el tiempo. El tiempo es una creación de Dios, por eso hay un principio. “En el principio era el Verbo…” Cuando dice “era”, significa que ya estaba el Verbo antes del principio. Los que piensan que Jesús es el hijo biológico de María y José están errados, porque Jesús es la única persona de la cual se puede decir que Él era preexistente; existía antes de que existan el tiempo y las cosas creadas. Jesús les dijo a unos judíos que lo estaban cuestionando: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58).

Una de las controversias surgió cuando Jesús declaró: “De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá muerte” (Juan 8:51). Y dice la palabra de Dios en Juan 8:56 al 58: “Entonces los judíos le dijeron: Ahora conocemos que tienes demonio. Abraham murió, y los profetas; y tú dices: El que guarda mi palabra, nunca sufrirá muerte. ¿Eres tú acaso mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió? ¡Y los profetas murieron! ¿Quién te haces a ti mismo? Abraham vuestro padre se gozó de que había de ver mi día; y lo vio, y se gozó. Entonces le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años, ¿y has visto a Abraham? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy”.

Él era antes que Abraham. Imagínate el cortocircuito que se les había armado en la cabeza a esos religiosos. Seguimos leyendo en Juan 1:4: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella”. La luz era la vida, la vida era el Verbo; la palabra de Dios que siempre estuvo con Dios desde antes del principio, o sea, desde la eternidad. Jesús es el autor de la vida. Por eso Él declaró: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10:10). También dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero” (Juan 6:54 RVR). Habla de la carne y de la sangre de Él, que es Él mismo, que es la palabra de Dios; o sea el que come la palabra de Dios, el Verbo. En otras palabras, el cuerpo biológico se alimenta con alimentos que se cosechan en la tierra, que absorben todos los nutrientes de ésta; y come animales que se alimentan de lo que produce la tierra, que provee de nutrientes a ese alimento que comen los animales, que luego come el ser humano. Pero la vida espiritual se alimenta con la palabra, que es el Verbo, que es Cristo, que es la vida y que es la luz que alumbra.

Tienes que tener una fe firme en Jesús, pero tienes que tener bien identificado quién es Jesús. Tienes que tener en claro que la palabra es Jesús, y la vida es la palabra y es Jesús. Y la palabra es la luz y es Jesús. Dijo Juan que hubo un hombre llamado Juan, que es Juan el bautista; entonces dice de él: “Este vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció” (Juan 1:7-10). Algunos escuchan la palabra de Dios, pero les resbala; la palabra entra por sus oídos, pero no produce vida espiritual, y es que algo previo tiene que suceder. La persona tiene que nacer de nuevo. Tiene que tener vida espiritual, la que hay que alimentar con esa palabra, que es esa vida y esa luz, y es el pan que descendió del cielo; la vida espiritual se alimenta con eso, esa es la comida del creyente. Aunque hay quienes se aburren con la comida de Dios y dicen: “¡Otra vez sopa!” “Deme algo que me diga cómo puedo prosperar”. Te estoy dando algo que te fortalecerá; no te doy leche sino alimento sólido. Si veo que el alimento te aburre volveré a darte la papilla. Juan dijo, además: “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios” (Juan 1:11-13). A todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre; para Dios su nombre es muy importante. Aunque aquí no dice cuál es el nombre, mas, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. No se trata de hijos seres humanos sino hijos de Dios. Primero está el nacimiento natural, el de la carne; y después es el nacimiento espiritual, porque Dios coloca vida espiritual en donde hay muerte. La carne es un lugar de muerte, pero Dios siembra vida en la carne. Cuando has creído en el nombre del Señor, el Espíritu Santo viene y engendra vida espiritual, la que se alimenta, no de la comida que produce la tierra. Dios te da vida nueva y alimenta esa vida con esa palabra; la palabra que es el Verbo del Dios viviente. “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Juan 1:14). Aquel Verbo preexistente, el que estaba antes del principio de todas las cosas, en un tiempo, ese Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre) El único que Dios engendró en el vientre de una mujer. El Verbo eterno, preexistente, se encarnó, se hizo como uno de nosotros. ¿Para qué? Para traernos la vida, para traernos la comida, así como lo declaró: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo”, y para decirnos: “Mis palabras son vida y son Espíritu”, “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. ¡Cristo es Dios! Según leemos en Juan 17, Jesús oró: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17: 5 RVR). Se puede decir que se conoce la fecha de nacimiento de una persona. ¿Cuándo nació Jesús? ¡No hay fecha! Un día, el Verbo de Dios decidió visitarnos y se hizo carne; pero ese no es el origen del Mesías. Su origen nos lo da a conocer en esa oración que le hizo al Padre: “…glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese”.

Leemos en Juan 3: “Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios”. Nicodemo, lo tuyo es pura religión, si no naces de nuevo no vas a participar del reino de Dios. Y le dijo más Jesús: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. El Señor vuelve a mencionar su divinidad o su eternidad cuando dice en Juan 3: 13 al 15: “Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”. Y entramos al evangelio condensado en Juan 3:16: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna”.

Cuando tú crees en Cristo estás creyendo en el Logos o la palabra de Dios; y no puedes decir que crees en Dios sino crees en la palabra de Dios, o que crees en la palabra de Dios pero no crees en Jesús. La palabra de Dios y Dios son inseparables; y cuando crees en la palabra de Dios estás creyendo en la segunda persona de la trinidad. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; y dice la Biblia en Juan 3:19: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas”. Muchos corrieron hacia las tinieblas y otros corrieron hacia la luz. Te explico cómo es esto: hay creyentes que no quieren que se sepa algo de ellos. Por ejemplo, se escriben con alguien, pero no quiere que se sepa que se escribe con alguien. Hace algunas cosas, pero no quiere que la gente sepa las cosas que hace, se cuida de no ser delatado; ese es uno que corre hacia la oscuridad. Cuando descubrimos a alguien que oculta algo, o sea que miente, le hacemos ver que se está cavando una fosa, se está acorralando solo. Entonces trata de explicar cómo fue el asunto; y si no convence comienza a excusarse: “Es que mi papá”, “Es que mi mamá”, “Es que…”  Empiezan a señalar a otros y carecen de luz para ver qué es lo que sucede con ellos mismos. Esos son los que corren hacia las tinieblas huyendo de la luz. Pero hay otros que escuchan la palabra de Dios y corren hacia la luz; quieren ser alumbrados y que salga a luz todo lo que está escondido.

CONCLUSIÓN

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios. Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Más el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Juan 3: 16 al 21 RVR).

Dios te ha hablado hoy, puede ser que te resbale esta palabra o no, pero Dios te habló. Tienes que tomar la decisión de correr hacia la luz y dejarte alumbrar. Decide amar la palabra de Dios, porque amando la palabra de Dios amas a Dios. Y presta atención a esto que dice la Biblia: “El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios”. Tienes que creer en el nombre del Unigénito Hijo de Dios.

Para Dios, es fundamental que creas en su nombre. Algunos discuten que el nombre es Yeshua Hamashiach. Jesús el Mesías; ese es el nombre del Unigénito Hijo de Dios. Otros dicen que el Antiguo Pacto habla del nombre de Yahveh, el Padre. YHVH de ahí surgió la palabra Jehová y la palabra Yahveh; porque en el hebreo se colocan las letras consonantes y de ahí se sabe la vocal que corresponde poner en medio de esas consonantes. Hay una gran discusión acerca de cuál será la consonante que forme el nombre del Señor. El catolicismo y el imperio romano dejaron de poner en la Biblia el nombre de Dios para ocultarlo de los dioses de Roma. Es el nombre que no quisieron pronunciar los judíos para no tomar el nombre del Señor en vano. En el Nuevo Pacto, entonces, está el nombre del Señor Jesús, pero se supone que tiene que estar el nombre del Padre. Algunos llegaron a la conclusión de que Jehová no es porque la jota no existía entonces, por lo que dicen que el verdadero nombre del Señor es Yahveh. Más adelante veremos que la palabra Yahveh está formada por las consonantes YHVH y también Yeshua se forma con las mismas consonantes. Ya sabes que no es lo mismo nombrar a Dios por sus atributos como: El Altísimo, El Omnipotente, etc. Sino que tienes que pronunciar su nombre. Claro que si te refieres a mí como El Grandísimo me gusta, pero no es mi nombre porque yo me llamo Jorge. ¿Quién es Dios? ¡Yahveh! Las versiones de la Biblia han sacado la palabra Yahveh para poner algo más piola, como algunos, que se refieren a Jesús como: “El Flaco”, o a Dios como: “El Barba”. ¡No! ¡Su nombre es Yahveh! Lo llaman como: “El Señor” en lugar de poner su nombre: Yahveh. ¡Yahveh es el único Dios que tiene ese nombre! La Biblia dice que aquel que invoque el nombre del Señor será salvo. Significa, el que ponga en su boca el nombre del Señor será salvo. Tengo que creer y confesar el nombre del Señor; y tengo que creer y confesar su palabra.

Hoy vino la luz a tu vida. Unos pseudo cristianos dicen que Jesús es el hijo biológico de José, que fue meramente un hombre ungido, escogido, pero no es Dios. Yo estoy investigando las escrituras y llego a la conclusión de que lo que creía antes ahora se me afirma más. Por eso Jesús se dejó adorar. En el libro de Apocalipsis vemos que Jesús es adorado. Tomás, cuando se arrepiente de haber sido incrédulo se postra delante del Él y le dice: “Dios mío y Señor mío”. La Biblia dice que nadie puede ser adorado sino sólo Dios, y Jesús no reprende a nadie que se le postra y le adora porque Él reconoce que es la segunda persona de la trinidad, preexistente, antes de que el mundo existiera.

¿Quieres tener un encuentro con el Jesús genuino, el verdadero, el Verbo del Dios viviente? Hoy el Espíritu Santo está trayendo convicción a tu vida y te dice: No me has tomado muy en serio y yo no juego al cristianismo, yo no juego a la religión. Aquí lo que se está jugando es tu eternidad. ¿Crees en mí o no crees? Yo conozco a los que creen en mí y sé lo que hacen. Los que creen en mí me adoran, me obedecen y me sirven. Dile: “Señor, de oídas te había oído, pero ahora entiendo qué grande que eres y yo te adoro. Yahveh es tu nombre. Yo invoco tu nombre. ¡Yahveh! Invoco tu nombre sobre mi cabeza. ¡Yahveh! Invoco tu nombre sobre mi familia. ¡Yahveh! Tú eres Yahveh mi Dios. Yahveh es tu nombre. Yo invoco tu nombre sobre mi cabeza, sobre mi familia, sobre mi nación, en el nombre de Jesús, amén”.

“Padre, toca el corazón de tu pueblo. Trae un avivamiento Señor, te lo pido en el nombre de Jesús. Yo profetizo hoy que viene avivamiento. Viene un reverdecer de la vida espiritual de los creyentes que toman esta palabra y la abrazan, la creen, y la confiesan, en el nombre poderoso y bendito de Jesús, amén”.

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